De salones (y torturas) de belleza

29 Jan
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Foto: Pinterest

Lo se, toda mujer adora ir al salón de belleza y pasar horas ahí sentada… “Es terapéutico”, dicen unas, “me relajo” dicen otras. Les tengo noticias, y se que está muy mal que yo lo diga, pero detesto –odio– ir al salón. Nunca me ha gustado, nunca me gustará, lo hago porque no queda de otra y porque uno dedicándose a dar asesorías de belleza, tiene que estar medianamente presentable todo el tiempo.

Tengo mis razones, no crean que es berrinche; se las platico: De entrada, heredé el cuero cabelludo sensible de mi padre. No tolero que nadie me cepille la cabeza, a eso súmenle el trauma infantil de cuando mi madre me peinaba como “príncipe valiente”, corte también conocido como el de “basinica” y se tardaba horas en alaciarme el pelo para algún magno evento. Todo acababa en lágrimas, gritos y uno que otro cepillazo.

En la adolescencia, las hormonas lograron que mi pelo lacio se ondulara y luego, se enchinara sin control; así que cada fiesta, boda o bautizo, iba al salón a que me alaciaran. Fueron muchas veces, qué les digo… Horas y horas soportando que me jalaran el pelo con un cepillo redondo. Cabe mencionar que actualmente sólo me alacio para “las grandes ocasiones”, es decir, como dos al año.

En la universidad fui con una estilista que juró que me haría el mejor corte para pelo chino, decidió que era una buena idea cortarmelo como hombre, chiquito… Desastre total, lágrimas e insultos: parecía micrófono. Mi “afro” competía con el de Donna Summer en sus días de gloria y además, ¡me cobró una fortuna! Fue un drama, sin contar con los cuatro años que me tardé en que el pelo me llegara a la barbilla.

Normalmente me pinto el pelo yo sola, pero es bueno hacerlo con un profesional de vez en cuando. Me pone de malas estar sentada con cientos de químicos en la cabeza que hacen que me de mucha comezón. Ya para la tercera TV Notas leída, el olor a amoniaco se te impregna hasta en las pestañas, la cabeza pica y ya me dio frío con la horrenda batita que te tienes que poner… y sólo han pasado 20 minutos.

El manicure… me estresa sobremanera que alguien me pueda cortar con unas tijeritas; ya del tiempo que se tardan en secar las uñas ni hablamos (benditas maquinitas estas que secan en segundos). De-ses-pe-ran-te ¿Quieres que una mujer se vuelva muy torpe con las manos? Píntale las uñas… los movimientos que hacemos para sacar la cartera de la bolsa y pagar el servicio son de antología. ¡Carajo! ¡Ya me la rayé!

¿Ya ven? Son razones sólidas y válidas. Estoy convencida de que el alaciado exprés es casi el mejor invento de este siglo; en menos de 30 minutos salgo feliz con el pelo muy lacio; estar quieta durante mucho tiempo no se me da y, seamos honestas, no hay silla cómoda en un salón de belleza. Punto. Fin de la discusión.

Tengo que aceptar que hay algo que no me molesta tanto en el salón: el pedicure. Pero tiene que se un lugar especial, con asientito cómodo con masaje, mesa para el café, wi-fi disponible, masajito en los pies y una pedicurista con manos de ángel que no me haga sufrir.

¿Odiar el salón de belleza me hace ser menos mujer? No creo. Mujer rara, tal vez. Creo que el amor a ese lugar viene incluído en el disco duro femenino, a mi de plano no me instalaron ese programa.

Termino con una anécdota de mis abuelos:

-¿A dónde fuiste?, preguntaba él.

-Al salón de belleza, contestaba la abuela.

-¡Ah! Veo que lo encontraste cerrado.

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